CRÓNICAS

Bottle Rockets

Mark Knopfler

Peter Murphy

 

 

 

 

 

 

Con los Bottle Rockets en "El Sol"

Bottle Rockets. Sala El Sol. Madrid

Volvemos a los ruedos, empezamos la ruta y que mejor manera de hacerlo que con los Bottle Rockets en la mítica sala “El Sol” de Madrid. Ambientazo pre-concierto, muchas caras conocidas de los que saben lo que escuchan y buscan lo mejor. Charly, Dani y yo pasamos un buen rato saludando a viejos conocidos de la capital, unas cervezas con Luis “lobos negros” quien nos hablo de su próximo documental del que ya hablaremos más adelante, una visita obligada …Natacha de “ La Chingada” y camino al show.

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Lo que teníamos delante era y es una tremenda banda que mezcla a la perfección: raíces de rock sureño, country rock y rock and roll de alto voltaje. Si algo marca a estos elementos de Missouri es la humildad junto a la profesionalidad y tablas de unos músicos curtidos en mil batallas."

One, two, three y empezó la descarga de ejecución perfecta de estos cuatro forajidos de aspecto amable y cercano. Comenzaron a sonar los temas de su último trabajo “Lean Forward” (2009) “The Long Way”, “Shame on me”, “The way it used tu be” como una perfecta máquina de buen hacer. A lo largo de un show de sonido y puesta en escena magistral, los temas iban cayendo sin ninguna interrupción sobre un público cargado de buen rollo “Gravity Fails, “I,ll be coming around”, “Welfare music”, “Give me room, etc.

Un jodido espectáculo de muy alto nivel , con un cierre acojonante versionando el “Suffragette City” de Bowie según dijo el propio Brian Henneman… “porque esta me apetece tocarla ahora”. Bandas como estas son un regalo para los oídos aunque hoy estemos realmente afectados auditivamente tras semejante descarga.

Un verdadero espectáculo para todo amante del buen rock.

Texto: Chus Rebel

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¿A quién quieres más? ¿ A mamá o a papá?

Mark Knopfler. Palacio de los Deportes de Madrid. 03/04/08

A veces este tipo de preguntas esconden respuestas ingratas que, tal vez, es mejor no conocer. Sin embargo, lo normal es que cuando a uno le hacen esta pregunta no sepa qué responder. Es imposible elegir ya que ambos, mamá y papá, papá y mamá, son las dos caras de la misma moneda. Sin uno de los dos la vida sería impensable, sería imposible. Así de sencillo. Y no sé si es por esta razón que quieres a los dos por igual, sin condiciones ni prebendas.

Pero la realidad no siempre sigue a pies juntillas la teoría. Por ello, en estos casos el niño rompe los esquemas a sus padres y, ni corto ni perezoso, responde a la pregunta imaginando con celoso interés quién de los dos le dejará atiborrarse a chuches antes de la cena. Y todos tan contentos. Al fin y al cabo, ¿quién es capaz de desentrañar el enigma del amor y sus resortes?".


¿A quién quieres más? ¿A los Dire Straits o a Mark Knopfler? Muchas veces me han hecho esta pregunta y siempre he respondido lo mismo. Pues mire, para mí Dire Straits y Mark Knopfler conforman realidades tan inseparables como el agua y el mar. Pero es que, además de ello, en mi universo vital son unos padres espirituales que me han enseñado a amar la música por encima de casi todas las cosas. Así que, lo siento, no puedo elegir. Es más, no quiero elegir. Unas veces preferiré a los Straits y otras a Mark. Todo dependerá del tipo de chuches que quiera devorar antes de la cena.

Esta dicotomía es la que siempre ha acompañado al guitarrista de Glasgow desde que decidiera dar por finalizada su carrera al frente de Dire Straits, allá por el comienzo de los años noventa. Y de forma impenitente ha sobrevolado toda su trayectoria desde la publicación en 1996 de su primer trabajo en solitario, Golden Heart. Por desgracia, después de casi dos décadas escuchando esta insistente matraca, a uno le queda la impresión de que las virtudes musicales desplegadas por Mark Knopfler en su carrera en solitario han quedado relegadas a un injusto segundo plano.

Para no faltar a la tradición, esta disyuntiva entre el Knopfler de los Straits y el Knopfler actual ha estado muy presente tras el concierto que el guitarrista ofreció el pasado 3 de abril en el Palacio de los Deportes de Madrid. En muchos sitios se ha vuelto a escuchar la dichosa pregunta, como siempre que Mark saca disco o inicia una gira. ¿A quién quieres más? ¿A mamá o a papá?

La carta de presentación de Knopfler para esta cita en Madrid era Kill to Get Crimson, un disco que supone una vuelta de tuerca más en su búsqueda de un sonido diferente al que desplegaba con sus Straits allá por los años ochenta. Y con ello está consiguiendo algo que muchos de sus detractores deberían agradecerle, a juzgar por las airadas críticas que se granjeó este guitarrista a cuenta de sus interminables y burbujeantes solos. Y es que, aunque a algunos les parezca un demérito, la tradicional guitarra de Knopfler está cada vez menos presente en sus discos, algo que se aprecia de forma especial desde su tercer trabajo en solitario, The Ragpicker’s Dream. Dicho de otra forma, su guitarra sigue destacando gracias a su inconfundible sonido, pero ya no es la de antaño. Ahora deslumbra de un modo más discreto y, al contrario de lo que sucedía en los Dire Straits, ya no roba tanto protagonismo a los demás instrumentos de la banda.

Partiendo de este principio compositivo, las canciones tejidas por Knopfler y su banda para el disco que se presentó en directo en Madrid el 3 de abril suenan más que nunca a country y folk; en definitiva, a la música anglosajona de los años cincuenta y sesenta, cuya influencia estaba presente en las partituras que Mark ensayaba cuando aprendía a tocar la guitarra. Sin duda, la senda que comenzó a caminar en 1996 de la mano de Golden Heart muestra toda su riqueza y exuberancia en Kill to Get Crimson, aportando un metal más a esa delicada aleación sonora que comenzó a fraguarse de veras en discos como The Ragpicker’s Dream, Shangri La y All the Roadrunning, este último compuesto a la par con la cantante de country Emmylou Harris.

El concierto planteado por Mark y su banda en el Palacio de los Deportes constituyó todo un homenaje a la carrera en solitario de ese Knopfler que, a principios de los noventa, decidió abandonar el rock elegante de sus interminables giras por estadios de todo el mundo para entregarse a un sonido cada vez más añejo y tradicional, que parece transitar sin prisas por carreteras polvorientas alejadas de las grandes y modernas autopistas.

Con una puesta en escena sobria y, en cierto modo, ascética, el escenario del Palacio casi parecía un altar en cuyo centro reinaba una de las guitarras de Knopfler, iluminada por un solitario foco. Todo comenzaba con Cannibals, una pieza de su primer album en solitario que no puede negar sus similitudes con Walk of Life, aquel “jitazo” playero de Dire Straits que sonó – y sigue sonando – en las emisoras de medio mundo. En este caso, Cannibals sonó con violín y contrabajo, toda una declaración de intenciones que determinó el colorido del barniz con el que Mark quiso lustrar su cita con el público madrileño.

Tras esta risueña canción, Knopfler desgranó temas de todos sus discos en solitario, insuflando ese aire clásico y calmado que dominó el ambiente durante casi toda la noche, gracias a los tempos lentos y los preciosistas fragmentos instrumentales en los que el violín y la flauta tomaban protagonismo frente a la guitarra de Knopfler. Temas como Sailing to Philadelphia, The fish and the bird y una convincente versión de la áspera Marbletown sonaron especialmente bien encajadas en mitad de una noche con sabor a bourbon y carne a la parrilla.

Quizás muchos esperaban con impaciencia la garra de los viejos tiempos, el sonido a rock de estadio que elevó a las alturas a los Straits, pero lo cierto es que desde hace mucho tiempo Mark Knopfler prefiere caminar por otros derroteros. Sin embargo, no por ello renuncia a sus orígenes. Y es que, ¿a quién no le gusta una buena sesión de temas como Sultans of swing, Romeo and Juliet, Telegraph road, Money for nothing o Brothers in arms?

Algo así debe de sucederle a Mark Knopfler, aunque esta vez se hizo de rogar. Y es que no fue hasta bien pasada la media hora cuando deslizó como quien no quiere la cosa la etérea intro que sirve de inicio para Romeo and Juliet en sus directos, cediendo así por primera vez a la nostalgia de sus tiempos en Dire Straits. Fue en ese momento cuando una honda emoción estalló en las miles de almas que abarrotaban el Palacio de los Deportes. Pero fue una euforia contenida, casi callada. Algo así como una muestra de respeto a la sutil obra de orfebrería que Mark Knopfler y los suyos estaban tejiendo.

Adornada con aplausos al final de cada estribillo, Romeo and Juliet concluyó con su habitual dulzura para dejar paso al ya famoso “Thank youuuuuuuuu” que precede a todas las versiones en vivo de Sultans of Swing. En ese momento, el Palacio enloqueció y la gente no pudo evitar ponerse en pie para tocar miles de guitarras invisibles, con una técnica tan depurada y una dramatización tan convincente que sólo son posibles tras horas y horas de ensayo en la soledad de tu habitación mientras escuchas miles de veces en modo “Repeat” los viejos hits de los Straits…

Cuando Sultans of Swing finalizó aquello ya era el “desparrame total”, como ya dijera el viejo Luky hace años en su programa radiofónico después de asistir al primer concierto de Mark Knopfler en España tras abandonar Dire Straits. En honor a la verdad, hay que decir que la versión de Sultans of Swing que se escuchó el pasado 3 de abril fue más lenta de lo habitual, resaltando esa vena melancólica y triste del tema que siempre se ha escondido tras su tempo sincopado y su guitarreo inconfundible. En definitiva, tuvo un aire añejo muy acorde con la atmósfera general del concierto. Como añejo fue el viejo cántico del “oé oé oé oé oé oé oé oéééé” al que siempre ponen música Knopfler y sus chicos cuando el respetable se pone estupendo, cosa que siempre sucede tras escuchar la crónica de las andanzas de los Sultanes del Swing por los garitos del downtown londinense.

Una vez atado el lazo con el público, y continuando con su línea argumental, Mark Knopfler huyó de las glorias pasadas para retornar a los caminos polvorientos y deslizarse de nuevo por el repertorio más country y folk de su discografía. Y, de nuevo, hubo momentos de intensa y profunda emoción  gracias al buen hacer de una banda que se crece en las armonías pausadas y los matices instrumentales. Lástima que no se decidieran a atacar alguno de los temas incluidos en el disco compuesto por Mark Knopfler y Emmylou Harris, All the Roadrunning, injustamente desconocido en nuestro país pero probablemente uno de los tres mejores de cuantos ha firmado Mark desde su marcha de Dire Straits.

Speedway at Nazareth, del segundo album de Knopfler (Sailing to Philadelphia), guardaba una de las sorpresas de la noche, que se destapó durante ese solo final que crece y crece hasta estallar en una rotunda nota final. Y es que, durante esa intensa parte del tema, el escenario se engalanó con una esfera rodeada de focos que se elevó con parsimonia y acompañó a la banda durante el resto del concierto. Salvando las distancias, este recurso recordó a la archiconocida esfera luminosa que acompañaba a Pink Floyd en todos sus directos. Lo cierto es que, acostumbrados a la sobriedad escénica de Mark Knopfler, sorprendió y gustó este coqueteo con los trucos de los directos más multitudinarios. Y, a decir verdad, no desentonó con la propuesta tranquila del músico escocés. Es más, contribuyó a realzar la belleza de temas pertenecientes a la época de Dire Straits como Telegraph road y Brothers in arms, al tiempo que iluminó con extraordinaria calidez la armonía casi mística de esa pequeña joya que es Shangri La.

En la parte final del concierto sorprendió también So far away, tema que da inicio al mítico disco superventas Brothers in arms y que en sus últimas giras Knopfler no se olvida de rescatar del olvido. Tras este viejo tema que suena tremendamente moderno y sencillo más de veinte años después, sonó el bello canto pacifista de Brothers in arms, compuesto por los Straits en 1985 pero dotado de un sonido tan atemporal que hoy sigue deslumbrando sin perder ni un ápice de su dramática belleza; algo que, dicho sea de paso, sucede con no pocas canciones firmadas por Dire Straits.

Es innegable que, tras este utópico canto a un mundo sin guerras, el público se esperaba la tradicional garra de Money for nothing, para completar así la parte final del directo, como viene haciendo Knopfler desde tiempos inmemoriales. Pero no fue así. Mark decidió finalizar el concierto sin lanzar al público esa bola de fuego que es la versión en vivo de Money for nothing, sin duda alguna, uno de los mejores ejemplos de cómo hay que hacer un buen riff de guitarra. Muchos nos quedamos contrariados por este olvido del viejo Mark, pero qué se le va a hacer. Tal vez se haya cansado de tocarla en directo. Desde luego, si es así es una lástima porque Money for nothing pertenece a esa estirpe de canciones que nacen para ser “aporreadas” en directo ante miles de personas deseosas de quedarse ciegas y sordas frente a su banda favorita. Espero y deseo que Mark no sufra el mismo síndrome con Sultans of Swing en sucesivas giras…

Pasadas las dos horas de concierto, el público asistía a la confirmación de que todo tocaba a su fin. Con esa extraña mezcla de esperanza y melancolía, y como siempre sucede en los fines de fiesta “knopflerianos”, Going home resonaba en el Palacio de los Deportes mientras se encendían los focos encargados de iluminar a un público que aplaudía con la serenidad y la satisfacción que da el haber disfrutado de un espectáculo bello, sincero y de una calidad innegable. Minutos antes, el cordón de seguridad había permitido pegarse al escenario a las decenas de personas que copaban las primeras filas. Fue emocionante ver desde el graderío cómo se acercaban en avalancha para vitorear a un guitarrista de casi sesenta años que encandila a sus fans jóvenes y no tan jóvenes con armas muy poco habituales en las radiofórmulas de nuestro país: profesionalidad, valentía, sensibilidad y amor por el trabajo bien hecho.

Con las épicas notas de Going home aún resonando en las paredes del Palacio de los Deportes, la concurrencia hizo precisamente eso, irse a casa haciendo escala en algún bar de los alrededores para rendir balance de todo lo visto y oído. Llegaba entonces el momento de la dichosa pregunta que muchos siguen haciéndose desde que Mark Knopfler abandonó Dire Straits: 

¿A quién quieres más? ¿A mamá o a papá?

Texto: Marko Reimius

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Peter Murphy, la elegancia de la oscuridad se pasea por Madrid

Peter Murphy. Sala Copérnico. Madrid

Hace más de un año Bauhaus paseaba su oscuridad por la capital, en esta ocasión el turno correspondía a su carismático líder el señor Peter Murphy. Un público muy heterogéneo luciendo camisetas de Nine Inch Nails, Bauhaus o 69 Eyes…llenó prácticamente en su totalidad la sala madrileña. Con inglesa puntualidad y sin artificios hizo su aparición el Sr.Murphy alardeando de calvicie y una voz inmejorable llena de registros. Sin esbozar una sola sonrisa y acompañado por una contundente banda dio comienzo una noche de las grandes para los amantes de los sonidos oscuros.

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Sobrio y distante fue desgranando parte de su ya extensa carrera en solitario sin olvidar a su banda, de hecho el concierto empezó con "Burning for the inside" el primer tema de Bauhaus que sonaría a lo largo de la noche, más adelante llegaron himnos del grupo como "She's in parties" o "Terror couple kill colonel".

El set list me pareció brillante, el sonido muy bueno, dato al que ayudo sin lugar a dudas la banda que tinto de fuerza y crudeza los temas del vampiro con voz incorruptible. A destacar "Gliding like a whale" conmovedora, "I'll fall whith your knife" coreada por un público entregado, la acústica "Strange kind of love" o el clásico armado en esta ocasión de potentes guitarras percutoras "Cuts you up". No podemos olvidar temas como "Deep ocean, Vast sea" que sonó como una roca oscura y cruda o "Final solution" tema que cerró el concierto dejando a todos los que estábamos allí con ganas de mucho mas.

Llegó el momento de quitarse el sombrero ante la elección de las versiones dentro del set list. Una increíble "Tomorrow never knows" de los atemporales Beatles y dos guiños a sus inseparables NIN .El tema "Hurt" de Reznor que mas adelante llevaría a las alturas desde sus mas oscuros infiernos Jhonny Cash, sonó simplemente espeluznante y arrebatador en la magnífica voz de Murphy ."Dead Souls" de Joy Division versioneada por NIN para la banda sonora de "The Crow" convirtió la sala en un ritual oscuro y en un recuerdo colectivo.

Os recomiendo que sigáis la estrecha unión entre Murphy y Trent Reznor, podréis encontrar alguna joya como grabaciones en video de una magnifica versión del "Strange Kind of love" con Reznor a la guitarra, tremendas versiones en directo del "final solution" por parte de los chicos de reznor o como no "Dead Souls" de los inmortales Joy Division en una rabiosa interpretación en vivo por parte de Murphy y NIN.

En resumen gran concierto, directo, sin concesiones ni cortinas de humo para cubrir espacio que para llenar un escenario ya tenemos a Peter Murphy.

Texto: Chus Rebel

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